No saben nah lo que me pasó. Después del asado de caleta hamburguesas, la celebración continuó tomándonos unas chelitas y conversando con las estudiantes de música. La que me miró feo porque le pedí que tocara en el teclado una de Di Blasio se llamaba Violeta y la lengua no le paraba. Aunque le entendía la mitad de lo que decía, le seguía el amén para que no se diera cuenta de mi ignorancia en música. En un momento fui al baño y cuando volví ya no estaba. Será, me dije, la Poncia se habría puesto furia conmigo si algo más hubiese pasado con Violeta. ¡Violeta! Hasta el nombre era raro en ella.
Al otro día llamé a mi tía Enriqueta. Le digo “tía” no porque sea hermana de mi mamá, es sólo una amiga de muchos años de la familia. Le conté que iría a conocer mi facultad y al tiro me invitó para que fuera a almorzar después de eso. Qué le hace el agua al pescado y acepté encantado.
La Facultad de Periodismo de mi universidad está en una casa grande en Viña. Cuando la vi al bajarme de la micro, lo primero que pensé fue que era una simple casa remodelada para hacer clases. Incluso es mucho más chica que mi colegio en Punta Arenas. En tres minutos me la recorrí entera, hasta pasear por la Bories me toma más tiempo. Conté 5 piezas con pizarra, una sala de computación y algo que parecía una biblioteca. Debo aclarar que la sala de computación tenía muchísimos computadores eso sí. No había mucha gente, supongo que porque todavía faltan 3 días para que entremos los mechones. Las mujeres que vi tienen pinta de reporteras de Chilevisión, con poleritas de colores vivos y pantalones color crudo. En cambio los hombres, tenían pinta de comunistas, todos con barba y pelo chascón.
Me aburrí luego, como no conocía a nadie, así que me fui a la casa de mi tía Enriqueta. Además quedaba re cerca de mi facultad y como ya faltaba poco para la hora de almuerzo, para allá partí.
Era una casa enorme. No sé cómo lo hace para vivir sola, pensé. Pero la sorpresa fue mayor cuando la que me abrió la puerta era la mismísima Violeta de la noche anterior en el asado de hamburguesas. Ella también casi se cae de poto, pero extrañamente se hizo la lesa y dijo: “Hola, soy María Paz. Me dicen Pachi. ¿Tú eres el niño de Punta Arenas? Mi abuela ya viene, está en la cocina”. Quedé plop. ¿Violeta tendrá hermana gemela?
Me hizo pasar al comedor donde me pidió que me sentara en la cabecera de una larga mesa. Chuta, pensé, parece que son pelolais, tendré que recordar todas las reglas de buena mesa con las que mi mamá nos aburría a la hora de comer.
La tía Enriqueta era una mujer mayor muy delgada y con la cara bien arrugadita, parecía perrito Sharpei. Le traía de regalo de parte de mi mamá unos chocolates regionales y se los pasé antes de que se me olvidaran. Durante el almuerzo me hizo un millón de preguntas y me contó que su nieta Pachi estudiaba Medicina. En ese momento ella me cerró un ojo disimuladamente. No te pongas rojo, Barrientovic, me dije a mi mismo.
Cuando la tía fue a buscar el postre, aproveché de preguntarle si tenía una hermana gemela que se llamaba Violeta. Se rió a carcajadas y me dijo que no, que no fuera tonto.
El postre era una fruta bien rara. Pa’ callao le pregunté a Pachi cómo se comía. Me dijo que la tomara con las manos y la comiera igual que una manzana.
“¡Niño, por Dios!”, gritó la tía Enriqueta que volvía de la cocina. Pero era muy tarde, porque ya le había dado una gran mascada. Después, Violeta-Pachi me dijo, muerta de la risa, que esas frutas se llamaban tunas. Todavía me estoy sacando las espinitas.
Y no saben nah lo que me pasó después, pero eso mejor se los cuento la próxima semana.
Escribe contando tus anécdotas del norte a lautaro.chamorro@gmail.com
Al otro día llamé a mi tía Enriqueta. Le digo “tía” no porque sea hermana de mi mamá, es sólo una amiga de muchos años de la familia. Le conté que iría a conocer mi facultad y al tiro me invitó para que fuera a almorzar después de eso. Qué le hace el agua al pescado y acepté encantado.
La Facultad de Periodismo de mi universidad está en una casa grande en Viña. Cuando la vi al bajarme de la micro, lo primero que pensé fue que era una simple casa remodelada para hacer clases. Incluso es mucho más chica que mi colegio en Punta Arenas. En tres minutos me la recorrí entera, hasta pasear por la Bories me toma más tiempo. Conté 5 piezas con pizarra, una sala de computación y algo que parecía una biblioteca. Debo aclarar que la sala de computación tenía muchísimos computadores eso sí. No había mucha gente, supongo que porque todavía faltan 3 días para que entremos los mechones. Las mujeres que vi tienen pinta de reporteras de Chilevisión, con poleritas de colores vivos y pantalones color crudo. En cambio los hombres, tenían pinta de comunistas, todos con barba y pelo chascón.
Me aburrí luego, como no conocía a nadie, así que me fui a la casa de mi tía Enriqueta. Además quedaba re cerca de mi facultad y como ya faltaba poco para la hora de almuerzo, para allá partí.
Era una casa enorme. No sé cómo lo hace para vivir sola, pensé. Pero la sorpresa fue mayor cuando la que me abrió la puerta era la mismísima Violeta de la noche anterior en el asado de hamburguesas. Ella también casi se cae de poto, pero extrañamente se hizo la lesa y dijo: “Hola, soy María Paz. Me dicen Pachi. ¿Tú eres el niño de Punta Arenas? Mi abuela ya viene, está en la cocina”. Quedé plop. ¿Violeta tendrá hermana gemela?
Me hizo pasar al comedor donde me pidió que me sentara en la cabecera de una larga mesa. Chuta, pensé, parece que son pelolais, tendré que recordar todas las reglas de buena mesa con las que mi mamá nos aburría a la hora de comer.
La tía Enriqueta era una mujer mayor muy delgada y con la cara bien arrugadita, parecía perrito Sharpei. Le traía de regalo de parte de mi mamá unos chocolates regionales y se los pasé antes de que se me olvidaran. Durante el almuerzo me hizo un millón de preguntas y me contó que su nieta Pachi estudiaba Medicina. En ese momento ella me cerró un ojo disimuladamente. No te pongas rojo, Barrientovic, me dije a mi mismo.
Cuando la tía fue a buscar el postre, aproveché de preguntarle si tenía una hermana gemela que se llamaba Violeta. Se rió a carcajadas y me dijo que no, que no fuera tonto.
El postre era una fruta bien rara. Pa’ callao le pregunté a Pachi cómo se comía. Me dijo que la tomara con las manos y la comiera igual que una manzana.
“¡Niño, por Dios!”, gritó la tía Enriqueta que volvía de la cocina. Pero era muy tarde, porque ya le había dado una gran mascada. Después, Violeta-Pachi me dijo, muerta de la risa, que esas frutas se llamaban tunas. Todavía me estoy sacando las espinitas.
Y no saben nah lo que me pasó después, pero eso mejor se los cuento la próxima semana.
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