jueves, 3 de abril de 2008

Mi primer asado en el norte

No saben nah lo que me pasó. Después de todos los problemas de comunicación que tuve con estos nortinos me llamó mi mamá para pasar revista: “¿Por qué no le pasaste la centolla a tu tío Juan? ¿No te dije que tomaras un bus para Viña y te fueras donde tu tía Enriqueta? ¿No te sacaste tu parka, hijito? No te vayas a resfriar, oye”.
Le tuve que explicar todo el cuento que pasó con mi tío Juan y que me vine a quedar con mi hermano René. Y para que se quedara tranquila le dije que iría a ver a la tía Enriqueta apenas pudiera. Ahí recién se vino a tranquilizar.
Al rato, los amigos de mi hermano se pusieron a hablar de hacer un asado para darme la bienvenida. Cuando les pregunté a estos chilenos con qué nos íbamos a mandar, se mataron de la risa. Mi hermano les explicó que así le decimos a “tomar” por nuestra tierra. Ellos parece que habían entendido otra cosa porque ya me estaban diciendo que si era pingüina o qué. Y así estuvieron toda la tarde, puro molestándome: “Oye, pingüino Barrientovic, ¿querís que te mandemos?”. No se cansaban de su poto esos chicos.
Y repetían a cada rato que hiciéramos un asado pa’celebrar mi llegada, hasta que mi hermano se aburrió y les dijo que lo hicieran. Qué cosa, parecía que los hubieran soltado y empezaron altiro a planificar: “¿Qué minitas invitamos? Mejor no invitamos a nadie, porque vamos a tener que ducharnos”; “¿Compramos chelas o ron? Mejor chelas porque el ron está muy caro”.
Y así se lo pasaron su buen rato. “Tanto que va a ser”, me preguntaba en mi cabeza. Al rato, mi hermano me mandó a hacer el aseo, por lo que supuse que habían decidido invitar minitas. Apenas dejé terminada la limpieza de las piezas, por fin la ducha estaba desocupada y pude hacerme su aseo poco a mi mismo.
Cuando salí, estaba mi puro hermano y me dijo que sus amigos habían ido a comprar las chelas y la carne. “Tanto que va a ser”, me volví a preguntar en mi cabeza y le pregunté a mi hermano si todavía olía a centolla. Me olió y dijo: “ta’ que nooo”. Tuve que volver a darme una ducha. Eso me pasa por distraído, tendría que haberle pasado la centolla a mi tío Juan antes de subirme al bus, pero no hay caso conmigo…
Cuando salí de la ducha ya habían llegado algunas invitadas. Mi hermano me advirtió que eran estudiantes de música para que no me sorprendiera al verlas. Menos mal que me dijo, porque eran bien raras todas. Andaban con vestidos largos, con el pelo medio enredado y unas trencitas. Una andaba con un teclado que no paraba de tocar. Cuando le pregunté si se sabía una de Di Blasio me quedó mirando feo. Rara la chica.
Me salvaron los chicos que llegaron con las chelas, el carbón y la carne. Bajaron el chulengo, que mi hermano se construyó hace unos años, al pasaje y prendieron el carbón como lo hacen por acá, porque mi papá les habría discutido mucho el método.
En fin, que cuando fueron a sacar la famosa carne, yo pensaba que iban a sacar unas costillas de cordero o por lo menos un lomo de vacuno, pero habían ido a comprar hamburguesas. ¡Hamburguesas! Me caigo’che, están bien enfermos de su cabeza estos nortinos. Pero como mi abuelita siempre me dice: “A caballo regalado no se le miran los dientes”. Y en este caso, por suerte no era caballo molido.
“Tanto que va a ser”, otra vez me pregunté en la cabeza. Y me zampé igual mi porción de “carne”.
Y no saben nah lo que me pasó después, pero eso mejor se los cuento la próxima semana.

Escribe contando tus anécdotas del norte a lautaro.chamorro@gmail.com

1 comentario:

  1. ahjajajajajaja
    que weeena
    en too caso leía este primero
    y tendría que haber partido al revés
    sólo dejo aqui constancia
    de que comenzó la lectura

    salu2

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