jueves, 13 de marzo de 2008

Despegue de avión y de otras cosas

No saben nah lo que me pasó. Viajé en avión por primera vez. Pero no le cuenten a nadie, me da vergüenza. ¡Oye la cosa bakán! Un poco de susto al despegar, pero después se me pasó. Pero rebobinemos un poco porque antes fueron las despedidas.

La de los amigos primero. Una tomatera apoteósica a la que fueron todos los cumpas. La tracalá de onas y yámanas buenos pa’l pisco y el ron. Es que estudié en un colegio (que no voy a nombrar por miedo a represalias) de puros hombres. Bueno, casi todos éramos hombres, pero eso ya es otro tema. La despedida no fue en mi casa, obvio, porque mi mamá se muere, resucita y se vuelve a morir con el despelote que quedó. No hubo ni carne ni papa, hijito, eso pa’ los asaos de mi papá que es bueno pa’l cordero como todo buen magallánico que se precie de tal. Esto fue puro alcohol en la casa del Apio Ojeda, que quedó pa’ la historia. Por suerte sus papás estaban en la estancia porque al otro día hasta puchos en la cama de su perro dice que encontró. El Apio Ojeda es mi mejor amigo del curso desde primero básico, cuando yo le puse así porque llevó de colación una rama de la verdura en cuestión, será gil. El mamón, en el clímax de la curadera, lloraba porque me iba. “Eso te pasa por flojo pos, amermelao”, le dije con mucho tacto pa’ calmarlo, “con un poquito que hubieses estudiado, demás que te alcanzaba para alguna pedagogía en cualquier cosa”.

Después vino la despedida de la familia en el aeropuerto. Fue larga porque llegamos como dos horas antes, casi tuvimos que pedir que nos abrieran la puerta. Somos tan exagerados los Barrientovic. Y mi mamá, todo un caso. No paraba de darme recomendaciones: “no te saques tu parka en el avión porque te puede entrar un aire y cuando ya te aclimates te la sacas en Santiago”; “le prendí una velita a San Cristóbal para que tengas buen viaje y apenas llegues donde tu tía Enriqueta me llamas con el celular, que para eso te compré un buen plan, ¿no lo habrás gastado todavía, no?”; “en Santiago te va a ir a buscar tu tío Juan, él te va a dejar en Pajaritos para que tomes el bus a Viña y no te olvides de pasarle la encomienda”; y bla bla bla, me tenía mareado, quería puro subirme al avión de una buena vez.

Mi papá piola, me pasó una tarjeta adicional y me advirtió que no me pasara de lo dispuesto para el mes porque si no me cortaba los co… los mechones del pelo que ya los tengo bastante largos y no me los pienso cortar. La Poncia dice que me quedan cool.

Y La Poncia también fue, claro. Más celosa que nunca, ni un poquito pude hablar con la azafata en el mesón. Estaba más rica la tonta…

Hasta que por fin me subí al avión con mi tremenda mochila llena de cuestiones que tendré que repartir a las amigas de mi mamá apenas pise suelo chileno. Tres veces aterrizamos porque hacia escala en Natales, Balmaceda y Puerto Montt. Qué susto, hijito del diablo. Me caigo’che, qué manera de tiritar ese pájaro. Cuando la azafata me ofreció un whiscacho se lo agradecí casi gritando. Aunque por otro lado, me emocioné porque me debe haber encontrado cara de persona más adulta. Casi le pido el teléfono, pero me achunché.

El tío Juan no me estaba esperando nah y yo traspirao de calor’che en esa tremenda custión de aeropuerto que tienen en Santiago. Y no saben nah lo que me pasó después, pero eso mejor se los cuento la próxima semana.

Escribe contando tus anécdotas del norte a lautaro.chamorro@gmail.com

No hay comentarios:

Publicar un comentario