jueves, 20 de marzo de 2008

Olor a puerto

No saben nah lo que me pasó. Ahí estaba yo, entero’e traspirao en el aeropuerto de Santiago esperando a mi tío Juan, sin saber donde pararme para que me viera, cuando de repente suena mi celular: “Wena, sobrino, soy yo, tu tío Juan, oye, voy atrasao porque me quedé dormío, esperamé un chiquitito que ya llego, voy volando en la autopista, 10 minutos y ya estoy allá, chao, que sale caro esto”. Y cortó, no alcancé ni a decirle hola.

10 minutos, nada. 15 minutos, nada. 25 minutos, suena el celular otra vez: “Recarga gratis al XXX tu combo…”. Oh, la lesera, ya me tienen chato esas llamaditas de la compañía. Y mi tío no aparecía por ninguna parte. Hasta que por fin llamó: “Oye, voy pasando por afuera, sal rápido que no quiero estacionarme pa’ que me roben los careros del estacionamiento, apúrate”.

En un zuácate subí mi tremenda mochila y casi ni alcanzo a subirme yo. Y en tres minutos estábamos en Pajaritos. Apenas le dio tiempo de explicarme dónde tenía que comprar mi pasaje en bus y me volví a subir a un armatoste, pero esta vez con rumbo al puerto.

El bus pasó por dos túneles. Me caigo’che, que susto me dio el primero antes de darme cuenta qué-lo-que-era, si de estas cosas no tenemos en Magallanes, poh. Al rato de traspasarlo, empecé a sentir un olor raro pero no le di importancia, pensé que eran mis patas. Pero ya saliendo del segundo, empecé a sentir un olor malísimo. Al principio pensé que era porque ya faltaba poco para llegar al mar, pero cuando ya se hizo cada vez más intenso me empezó a extrañar.

En un momento el bus empezó a bajar por una pendiente y supuse que ya estábamos por llegar. Ahí ya los pasajeros se pusieron a mirarme feo, así que noté que era yo el con mal olor. “Qué miércale”, pensé y traté de olerme las alas, pero no era tanto lo traspirao que estaba.

Ya con las primeras casas y en una avenida que me dijeron que se llamaba Argentina, el auxiliar del bus me preguntó si traía un animal muerto en mi mochila porque ya el olor era insoportable. Ahí recién vine a caer: “¡La encomienda de centolla para mi tío Juan!”.

Pucha la lesera. Con tanto apuro, y mi tío Juan tan embalao que andaba, lo olvidé absolutamente. Mi mamá me va a matar cuando se entere.

Mi mochila para qué les cuento, estaba toda mojada, con el calor ya se había descongelado toda la centolla y su caja de helado ya estaba goteando toda mi ropa que se había impregnado de su “aroma”. ¡Desastre total!

En el rodoviario, así le dicen acá a los terminales de buses, mi hermano me estaba esperando. Cuando me abrazó ni hola dijo, antes de eso gritó: “¡Chuta, estai pasao a pingüino, hermano!” Que vergüenza. Andaba con sus amigos más encima, los que no hallaron nada mejor que bautizarme al tiro como “Pingüino Barrientovic”.

Cuando por fin llegamos a su casa en el cerro Concepción, la verdad que me dio lo mismo el mote que me pusieron porque nos comimos toda la centolla, no quedó ni cáscara.

Y no saben nah lo que me pasó después, pero eso mejor se los cuento la próxima semana.

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